No voy a decir por qué, pero yo, que presumo de no presumir de nada, fíjate tú que contradición, creo que he dado una lección de honestidad. Estoy convencida de que pocos en mi lugar, muy pocos, hubiesen hecho lo que yo. Pero como dije antes, no lo voy a contar. Sólo quería compartir que me siento orgullosa, aunque eso no me dé de comer.

Otra cosa, que nada tiene que ver.

Al salir de trabajar decidí desayunar en el pueblo antes de volver a casa.
Eran poco más de las nueve de la mañana. El bar está lleno, pero sólo de hombres. Ni una mujer. Ellas seguramente estén en casa lavando o barriendo (barren hasta la calle, y a mí que ni me da tiempo mi propia casa...) mientras ellos están ¿trabajando? Al menos será eso lo que les habrán contado cuando salían de casa camino del bar.

Me siento un bicho raro, desubicada, entre tanta persona con pinta de obrero. Me siento observada, aunque probablemente eso no esté sucediendo. Pero es que soy la Única. Estoy deseando que alguien me reconozca y me salude, pero o nadie me reconoce, o no me ubican ahí, o simplemente no me saludan. Lo que me hace que me sienta como una ameba a la cual miran a través del microscopio.

-Un colacao y una tostada con tomate, por favor.

Quiero que me la sirvan ya, quiero irme de ahí, no estoy nada cómoda.

Y mientras me preparan esa gigantesca tostada que bien parece ser media barra de pan con tomate triturado casero, no me queda otra que esperar, y lo paso observando de manera tan discreta que casi ni miro. Al menos no a lo que no salta a la vista.

Pero me es inevitable ver que alguien pide un chupito de hierbas a estas horas, son poco más de las nueve de la mañana, hora en la que a mí casi me cuesta tomarme un colacao y una tostada, imagínate un chupito de hierbas. ¿He dicho un chupito? No, eso no era un chupito. Era un vaso, de esos que te ponen en los bares de mala muerte para el café, pero lleno de licor de hierbas. Y el camarero que servía, y el hombre de cara curtida no decía que parase, sonreía mientras, hasta que se llenó. Hasta arriba. Hasta el mismo borde.

Si ya, ya lo sé, en los pueblos es algo muy normal, tomarse el carajillo por las mañanas, pero me cuesta aceptar lo que ven mis ojos, más aun con el tamaño desproporcionado que tiene el chupito. Me cuesta asimilar que vea rodando arriba y abajo más botellas de aguardientes que cafés. Pero es lo normal. Ellos mismos lo dicen.

-¿Usted bebe?
-Lo normal
-¿Y qué es lo normal? (me veo obligada a preguntarlo, porque intuyo que tenemos "normalidades" diferentes)
-Pues nada, un carajillo en el desayuno, un chupito de licor de hierbas por la mañana, algo más de mitad de cartón de vino en la comida, el/los cubata/s de después, la otra mitad del cartón de vino en la cena... Vamos, lo normal...
-Ahm, lo normal...

Yo creo que quería decir lo habitual en vez de lo normal, pero no debió salirle la palabra. Otra forma no me lo explico.
Pero es que esto parece ser que sí es lo normal en los pueblos. Perdón, quería decir lo habitual.

Desde entonces, cada vez que alguien me responde "lo normal", me he acostumbrado a preguntar el significado exacto de ese "lo normal". Aunque a mí me parece mucho siempre...

Como el chico menor de edad que decía que había bebido "lo normal" para un fin de semana
-¿Y eso cuánto es?
-Pues unos seis cubatas... Lo normal para un fin de semana...
Ahm, eso es lo normal... Y en mi mente me quedo preguntando si eso que es normal para un fin de semana lo hace viernes y sábado de cada fin de semana.
Para mí lo normal es que acabe teniendo problemas de alcoholismo, eso sería lo normal. De hecho ya se habla de alcoholismo de fin de semana entre la juventud.

Así que también he decidido que hay cosas por las que no voy a preguntar cuánto es lo normal, sobre todo en lo que a necesidades básicas se refiere, visto que siempre me quedo pensando en que yo peco por defecto. Por si acaso. Y eso que nunca me duele la cabeza...
Aunque me viene a la vez una sonrisa maliciosa al pensar qué es para mí lo normal en ciertas cosas, y que seguro que las mujeres de estos alcohólicos anónimos no reconocidos, cuyo fin para con ellos es tenerles limpias la casa y preparada la comida, no saben que al menos lo normal debería ser tener uno. O tres, o cinco, o siete... Vamos, lo normal