He sentido la música cómo me atrapaba. He vibrado. He cantado, actuado. He sentido las letras y la complicidad. Apenas he visto el escenario, pero fue suficiente. Me he quedado con ganas de más. Todo lo bueno dura poco. Le doy la vuelta al refrán de "lo bueno si breve, dos veces bueno". "Lo bueno, si dura, dos veces mejor". He compartido eso con alguien cercano, y alguien que no conocía, y que quizás hubiese deseado que yo no estuviese allí.

Me he reencontrado con mi primer amor. El primero que puso mi corazón verdaderamente patas arriba, hace 12-13 años, o ambas fechas, porque en un par de veces desapareció de la misma manera. Sólo me he sentido a gusto, callando ese leve resquicio de venganza. Aunque sigue teniendo la misma mirada que tanto me gustaba, fría de mar del norte, y los labios cálidos. Según él yo también estoy igual, pero más lista (más vivida diría). Él también, pero menos delgado y más filosófico.

Me he olvidado de paraguas bajo la lluvia. Me he empapado hasta los huesos. La lluvia ha jugado con mi pelo, peinándome a su manera, como él me solía decir. La lluvia, el frío y esa ciudad. Sólo que esta vez hay algo que es diferente.

He tenido reencuentros con sabor a chocolate japonés y bondad, y cambios. Para alguna pasados; para otra, inminentes.

Han cocinado para mí, un amigo y una amiga. Yo no les he ofrecido nada. Sólo mi compañía, pero me pareció poco. Deberán esperar a compensarles en otra ocasión. Me supo delicioso, aun con prisas. Me encantaría invitarles a mi casa y que degustasen mi menú. Me encantaría simplemente poder tenerles alguna vez en mi casa. Y ojalá pronto. Me encanta tenerles, simplemente.

He saboreado la verdadera amistad.

He tenido largas e intensas conversaciones. De esas que te dejan buenas sensaciones. Aunque de vez en cuando se empeñasen en interrumpirlas, y eso no dejase tan buena sensación.

Me han hablado de mal de amores unas desconocidas en un baño. Yo era mayor, nunca pensé que me sentiría mayor en un pub, pero sí. Voz de la experiencia. El mismo día en que recordaba, hablando con alguien, cómo cuando en mis tiempos de juventud tuve un affaire, o dos, con un amigo, o dos. Pero no fui buena consejera. Dos minutos en un baño no son suficientes. Menos cuando la otra persona tiene prisa por entrar en él, y necesita creer en lo que siente.

Aquel mi primer amor me ha vuelto a demostrar informalidad. Pero de la perdonable. Quizás porque no me toca ninguna fibra, o quizás porque no lo ha hecho con mala intención.

He recibido una señal divina escrita en forma de grafitti en un muro al mirar a través de la ventanilla del tren. "Ánimo, roe" Eso estaba escrito para mí, no puede ser de otra manera. Lo leo justo cuando cuelgo tras hablar con mi padre; me decía la fecha de las oposiciones, le decía que no me iba a presentar, me insistía en que me presentase. "Ánimo, roe". ¿Cuántas "roe" puede haber...? Las casualidades no pueden existir, casualidades como ésa, a ese nivel, no son casualidad. Son una señal.

He empezado a leer "Seda" en italiano. El tercer libro comenzado que me traigo entre manos, y quizás el primero que termine. Mientras una mujer reivindicaba los derechos de las mismas ante jovencitos de 18-20 años. Y me hablaba como si yo tuviera más edad; que la tengo, pero como si tuviera casi la suya, la de ella. Debía tener unos 45. Y me hizo sentir señora. Y orgullosa de que no me viera como niñata. Aunque yo sé que a veces soy señora, y a veces niñata. Todo porque uno de ellos pedía un trozo de papel y el otro decía que cómo iba a tener eso, ni que fuese una mujer para llevar ese tipo de cosas en el bolso. Dudé en darle el papel. Si tuvieran bolso no lo hubiesen necesitado. Si hubiesen hablado en otro tono no hubiese dudado. Pero se lo dí. Aquella mujer pensó lo mismo; pero lo que les dio fue un rapapolvo. Y a mí, un resumen de su vida. Ha vivido en tantos sitios como yo. Pero a mí aun me quedan años hasta llegar a su edad.

Me he vuelto a pintar los ojos, y los labios, y enfundarme en un vestido estrecho y botas de tacón de aguja. He vuelto a tener resaca, y eso que bebí poco. Pero es que Madrid siempre me da resaca. Y no sólo de beber...