El tiempo. El tan socorrido tema de conversación entre dos desconocidos. Inevitable en un ascensor...

Hago un receso aunque hace poco más de una hora que empecé. El tema no me motiva. Salgo a estirar las piernas sin saber con qué más acompañar este descanso. La cámara se ha llevado ya demasiados instantes desde aquí, demasiado poco interesantes, no le queda ningún rincón por descubrir.

Decido tomar un sucedáneo de capuccino que ofrece la máquina por cincuenta céntimos. Es lo único que me apetece tomar mientras no me ofrezcan un buen té. No hay cafetería, ni bar. Ningún islote en el que ir a parar en este breve naufragio. He intentado servirme de la máquina agua caliente para prepararme un té con las bolsitas que llevo encima, pero la máquina se empeña en servir todos los restos finales de los cafés anteriores. Sólo le ha faltado hablar y decirme "Por diez céntimos, ¿qué más quieres?" Aun así me he aventurado alguna vez e introducido una bolsita de té. Nace algo que no se parece a nada, desde luego a té no, pero se puede beber. O yo más bien soy yo que lo bebo todo. Y me llevo así mi dosis camuflada.

En el rellano está uno de los bibliotecarios. Un hombre de mediana edad que siempre pretende ser simpático, y que por lo menos consigue ser amable. Hasta me deja pasar el vaso al interior, aunque lo hago con vergüenza cuando lo he hecho, porque hay carteles con la prohibición expresa de comer y beber dentro de la biblioteca. Pero me dice que él lo hace, y que si él puede, por qué yo no. Total, es él el que me podría reñir....

Miro por la ventana. "Hace frío" me dice. Entonces es cuando te das cuenta de que hablas con un desconocido, porque hablas del tiempo. Es curioso cómo para romper el hielo se habla de lo único que lo mantiene, el frío...

Asiento añadiendo que hace tres o cuatro días llevaba mangas cortas, que si hace frío nos quejamos del frío, y en verano toca quejarse del calor. Pero es que quizás estemos añorando demasiado esa primavera que no llega.

"Pasará". Sí, pero ahora, como siempre que no hace calor, y a veces aun así, tengo la punta de la nariz fría, los pies se resiente en la cama buscando calor ajeno o unos calcetines en su defecto, las manos gritan que tengo el corazón caliente, las orejas seguro que buscarían un cálido refugio y mejor no recibir un golpe. Y demasiados vestidos de verano me miran con ojos golositos desde el armario esperando su oportunidad. Pero sobre todo, lo que siempre está, es la punta de la nariz fría, que busca una mejilla donde calentarse. He descubierto que es la única solución. O al menos la solución que yo quiero.