¿Y dónde voy yo ahora...? Me puse a caminar sin tenerlo muy claro.

El aire bajaba violento y gélido de la sierra. Me gustaba sentirlo así, violento y gélido. Sobre la cara, enredando mi pelo. El frío se colaba hasta los huesos. Pero no era el viento; quizás la ciudad, quizás la fecha, quizás los recuerdos.

Cantaba y sabía que las palabras se las llevaba el viento. Quizás por eso cantaba sin miedo.

Me senté en un banco. A mirar la noche. A contemplar acurrucada aquella inmensa fuente iluminada. A pensar. A disfrutar del momento.
Un hombre esperaba. Se acercó a mí y me lo contó. Esperaba a alguien que no merecía que la esperasen. Aunque quizás él tampoco mereciera esperarla. Ni que le esperasen después. Sus palabras débiles también eran arrastradas por el viento y casi tenía que adivinarlas.

-"Estoy esperando a alguien"
-"Yo también" aunque no lo tenía muy claro. Al menos no esperábamos de la misma manera.

-"Te vas a quedar helada"
-"No se preocupe". Me encanta el frío. No podría entenderlo. Ese frío. Pocos lo entienden.

Sacó de un bolsillo castañas asadas y me las dio. "Para calentarte" me dijo, pero las castañas estaban frías como su incierta espera, como los huesos de mi recuerdo, como el gélido aire que bajaba de la sierra. Aunque esta vez, este año, no llovía como aquél.

Era otoño. En el fondo, hojas muertas.